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"El Nuevo Indio"

Prólogo a la primera edición

 

Nuestra época ya no puede ser la del resurgimiento de las “razas”, que en la Antigüedad crearon culturas originales, ni del predominio determinante de la sangre en el proceso del pensamiento y, por tanto, de la historia. Más bien parece que ya hemos llegado a la época del dominio del Espíritu sobre la Raza y sobre la sangre.

No será por la eugenesia, el cruzamiento y el cultivo fisiológico, únicamente, sino más que todo por la educación y el cultivo de las almas, por el intercambio de las ideas, por la creación artística, por los grandes hechos de los hombres, que resurgirá entre los pueblos americanos una cultura valiosa y original.

El futuro es de los hombres de espíritu, antes que de los de riqueza nerviosa o de potencia muscular. Nuestro continente sufre más bien una plétora dé vitalidad orgánica. Más que por el caudal de la sangre y la herencia fisiológica, la vida rindió siempre sus frutos más exaltados por el espíritu. La época de las “razas” terminó hace tiempo, porque esas razas eran espíritus cerrados, en ligamen íntimo con la circulación sanguínea.

Por eso, lo que llamamos “indio”, como designación de una raza americana que produjo una historia fecunda, no puede tener hoy el mismo sentido que tuvo en el pasado.

El indio antiguo, la “raza india”, fué antes del Descubrimiento, el único señor de la tierra, del territorio americano que es y será siempre parte concurrente en la historia, puesto que toda humanidad es ligamen indisoluble con la tierra-en nuestro caso, con los Andes. Era, por ello, “sangre” pura y espíritu cerrado.

El indio de hoy no es simplemente el indio histórico, porque ya no es el único ocupante del territorio, ni es su espíritu el único que lo valoriza y lo fecunda, ni su sangre tiene otro papel que el de sustentar la riqueza fisiológica y la fuerza material. Es todo hombre que vive en América, con las mismas raíces emotivas o espirituales que aquel que antiguamente lo cultivó y lo aprovechó. El hombre invasor -sangre y espíritu- hizo también suya la tierra, la sometió a su modalidad, y el espíritu, a su vez, se concretó en valor positivo en el territorio. Así surge a la historia un nuevo mundo americano.

“Indio” no es, pues, sólo ese hombre de color bronceado, de ojos rasgados, de pelo lacio y grueso, sino todo aquel que se acrecienta interiormente al contacto con los incentivos que le ofrece esta gran naturaleza americana y siente que su alma está enraizada a la tierra.

El indio antiguo, hoy, es más sangre  que espíritu; el nuevo indio debe ser más espíritu que sangre. Porque indígena es el hombre que crea en la tierra, y no sólo el que procrea. Nuevo indio no es, pues,propiamente un grupo étnico sino una entidad moral, sobre todo. Nuevos indios son todos los guías de nuestros pueblos, pensadores, artistas, héroes que dan modalidad al continente.

Habrá en América una cultura tan india como antes con la concurrencia de todos los hombres que con el alma y no sólo con su caudal sanguíneo se arraiguen en la tierra y sientan el impulso creador de la atmósfera que les rodea. La sangre y el alma del indio antiguo se han empequeñecido con la ampliación del territorio y con el advenimiento de otro espíritu.

El indio tradicional, lo mismo que el “mestizo” y el “criollo”, estos frutos “raciales” aparecidos desde el descubrimiento de América, no son sino humanidades superpuestas que en sus momentos respectivos dieron algo de su personalidad, algo que ha enriquecido la vida americana para renovarla y acrecentarla a nuesta vez. Sin duda subsiste el mundo, del “indio”, del “mestizo” y del “criollo”, aun más, subsiste el impulso creador, la fuerza espiritual, ligada a la sangre, de cada tipo correspondiente, pero todo lo que producen es simplemente lo tradicional y el hombre que supere esas simplicidades individuales será el creador del futuro; el que sea la síntesis de cada uno de ellos.

Mientras la “raza” subsiste como “sangre” subsiste la tradición. En América la sangre es sólo tradición. Pero cuando se acreciente como “espíritu”, como espíritu dominador de la sangre, avanzará la cultura. La sangre limita y separa; el espíritu unifica, funde y ondula por el universo.

La América de hoy es un conjunto de pueblos determinados, más que por la sangre, por el espíritu. Sólo desde este punto de vista puede hablarse de nacionalidades, cuando el peruano igual que el argentino o el mexicano creen algo valioso para América y para el mundo desde la tierra peruana, argentina o mexicana. La sangre “nacional” ya no tiene otro valor que el de la tradición.

Cada uno de los países americanos son meridianos morales -que acogen a las almas, pero que repelen a la sangre- valiosos para cualquier hombre, antes que linderos geográficos y unidades sanguíneas que no hacen sino separar a las “razas” y a los hombres. Cada territorio vale por el cúmulo de incentivos que ofrezca para la creación, porque cultura es creación del espíritu y no consecuencia de las hormonas o componentes químicos del caudal sanguíneo.

Hasta Europa que nos viene por medio de sus ideas puede hacerse americana o india cuando arraigue en la tierra y cuando sus ideas no sean nubes que floten, sino semillas que germinen.

Sólo desde este aspecto puede ser el pasado también valioso. Cuando las ideas, los sentimientos y los grandes hechos de los hombres de ayer ingresen en el presente como incentivos creadores, cuando ya no en la sangre sino en el espíritu se inyecten como riqueza moral.

Así la sierra surperuana es valiosa como territorio capaz de impulsar el poder creador de los hombres que viven en ella y donde nutren su alma, cualquiera que sea el lugar de su nacimiento y la “raza” a que pertenezcan. A ese hombre que viene a nosotros con el corazón abierto a saturarse de la sugestión de la tierra y henchir su alma a su contacto, siendo lo de menos el color de su piel y el ritmo de su pulso, a ese le llamaremos indio, tanto o más que a aquel que hizo las murallas  incaicas  o los monumentos coloniales.

Porque la sierra como territorio tiene un formidable poder incentivo para el incremento espiritual en todos sus aspectos. Es el núcleo donde América palpita en su mayor originalidad, en el cuévano quebradeño empuñado por los Andes, en la pampa ko1lavina, en el ayllu tránsfuga, en la aldea  mestiza y en la sangre legendaria  y porque la sierra es una sugestión cordial para todos los hombres de América, es la región más india de América india. E indios nos tornamos todos los que extendemos lo mirada hacia el mundo desde sus eminencias y no sólo porque en la sierra  habiten  más  indios.

En cada ciclo histórico, ya sea en el período previo, anterior a los incas, ya durante el régimen de éstos, ya en el coloniaje y ahora mismo, hubo siempre nuevos indios, nuevos hombres de América que crearon algo acorde con su tiempo y algo distinto para su tiempo. Hasta en el territorio se operó ese proceso renovador, hubo nuevos Andes, cada vez. Los Andes simples del imperio de los “Amautas” se acrecentaron durante los incas con otra fauna y otra flora importadas de otras regiones territoriales, ya de la costa, ya de la selva, si no de otros confines lejanos del Continente. Y no se diga del acrecentamiento que hasta hoy mismo se opera desde la conquista.

La sierra es una palpitación perenne de indianidad. Desde los caminos, el huaino tristón busca otra forma musical para acrecentarse. Desde las plazas aldeanas, el poncho es una lumbrada agresiva de sugestión pictórica. Desde las murallas incaicas o desde las fachadas coloniales, la forma urga el pensamiento de los hombres para expresarse bajo otro sentido.

El pasado opone su fuerza de contraste, la acometiva de su valor a quienes se sienten con aptitud de libertarse de su dominio. La tierra áspera, estos pueblos oprimidos e insulares provocan el deseo de la liberación y de la victoria. Por su fuerza agresiva, por el dolor ambiente, que es huracán que mueve el pajonal, vacío en la plaza aldeana, surco en el rostro hosco del poblano, por su desgarramiento territorial, por la fuerza impulsiva de la tradición, la sierra mueve a la obra creadora, que es esfuerzo enérgico capaz de revelar grandes individualidades y como toda creación, en buena cuenta, es arte, desde el invento más humilde hasta la libertad misma, la sierra es una sugestión estética. Es arte porque es vida a torrentes y porque aún para libertarse de su influjo se requiere una energía verdaderamente  creadora.

Estos campos de la sierra, de la sierra que abraza con sus montañas, que liga al breñal con sus ríos, que pone atajos con sus escarpas verticales o con sus pampas dilatadas, son, pese a los lirismos sobre la “vida del campo”, a lo fray Luis de León, una cárcel y, como toda cárcel, incita a la libertad. Y no hay libertad más alta que la del pensamiento, de la emoción o del acto valiosos, es decir, que la del creador, porque crear es ser libre. Sólo el hombre que sufre, como sufre el serrano la opresión de su aldea, la amenaza de su montaña, es capaz de hacerse libre y, por tanto, de crear. Porque sólo para las almas oprimidas se ha hecho la libertad y se han hecho el pensamiento y la belleza. Por eso la sierra, en todas las épocas de su historia, con su dolor secular, ha sido una constante inquietud de libertad y una permanente creación de belleza, desde 1a belleza rústica del tejedor de ponchos hasta el arte estético del poeta, del novelista, del pintor o del arquitecto.

De la tierra áspera y del pueblo rudo surgieron siempre las ideas más generosas como la belleza más perdurable. Y la tierra áspera y el pueblo rudo crean al hombre y no solamente al organismo sanguíneo.

Este libro no es más que un desmañado ensayo para un punto de vista sobre la sierra y sobre sus valores históricos. El ensayo para buscar el predominio del impulso creador y libre en el devenir de sus pueblos sobre la mecánica del movimiento físico. Se busca al hombre no a la raza.

Es expresión de la sinceridad de quien mira el panorama que se dilata ante su vida, más que ante su vista, desde el desván de su aldea y desde el corazón del pueblo en que está sumido. Ideas aldeanas, sentimientos poblanos. No importa. Hay que ver las cosas desde donde uno está, no desde donde uno se imagina estar. La sierra es un mundo lleno de aldeas y de campos de rusticidad primitiva.

 

José Uriel García

Cusco, enero de 1930.

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Esta pagina Web estará dedicada a la obra del indigenista cusqueño José Uriel García
y a proyectos relacionados con su hipótesis del Nuevo Indio.